miércoles, 26 de noviembre de 2008

Anoche-

Me desvanecí. Fui la ráfaga que borró sus manos en la arena caliente, y dejé de ser.
Así como se evapora una gota de lluvia en el asfalto. Envuelta en el tumulto llegué otra vez hasta aquí, donde la costumbre se escurre entre mis sábanas, besa cada lunar de mi espalda, y cose un ‘hasta mañana’ en mis orejas.

Los cuerpos yacen inmóviles en la cama, mientras el sol quema un lado de las cortinas. El incorregible anhelo de esperar lo inesperable asota cada extremo de mis dedos. La degradante noticia de saber que otra vez vas a partir, casi sin despedirte, sabiendo que aquí dejas un papel al viento, un alma envuelta en utopías, y un deseo arrojado al viento.

Pero aún así, y con este nudo en el pecho, no cambiaría ni un segundo de cada noche, de cada palabra, de cada canción que alguna vez cantamos desnudos, ni de nosotros: intrascendentes, inútiles, despeinados.

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